El hecho de querer y no poder... o de poder y no querer
Domingo, 21 de junio de 2026.Sentada en el suelo, café en mano y la mente llena de ideas.Sonando de fondo:Me Gustas Tú — Manu Chao..
Hace unos días estaba cenando una ensalada y, mientras comía, me di cuenta de algo curioso: me sentía feliz.
No era una felicidad enorme ni algo que fuera a cambiar mi vida. Era una felicidad pequeña, tranquila, de esas que pasan desapercibidas si no les prestas atención. Y precisamente por eso me llamó la atención.
Porque, siendo honestos, una ensalada no suele estar entre las cosas que más ilusión le hacen a una persona. Mucho menos aquí, donde solemos asociar el placer de comer con una comida bien servida, de esas que mientras más golpes tengan, mejor saben.
Sin embargo, ahí estaba yo, disfrutando una simple ensalada.
Y como suelo hacer cuando algo me llama la atención, empecé a preguntarme por qué.
Después de pensarlo un rato entendí que la ensalada no era realmente lo importante. Lo que me hacía sentir bien era lo que representaba.
Me di cuenta de que cuando me acuerdo de mí, cuando vuelvo a ponerme en mi propia lista de prioridades, suelo hacer ciertas cosas casi sin darme cuenta. Como mejor, vuelvo a mis libros, hago mi skincare con intención en lugar de hacerlo rápido antes de dormir, me interesa aprender cosas nuevas y hasta cuido más mi físico de lo habitual. Bueno... por ahora les debo el ejercicio.
Y entonces entendí algo más.
Quizás la felicidad que sentía no venía de la ensalada, sino de esa sensación de estar cuidándome. De saber que, aunque fuera en algo pequeño, estaba haciendo algo bueno por mí.
Esa sensación que aparece de vez en cuando y te susurra que vas por buen camino.
¿Cuántas veces queremos y no podemos?
O al menos eso creemos.
Porque muchas veces queremos cuidarnos, leer más, descansar, aprender algo nuevo o simplemente dedicarnos tiempo. Pero sentimos que no tenemos las horas, el dinero o los recursos suficientes para hacerlo.
Sin embargo, si tuviera que elegir entre tener ganas, tiempo o dinero, creo que me quedaría con las ganas.
Porque cuando realmente quieres algo, terminas encontrando la manera. No digo que sea fácil. Tampoco perfecto. Lo digo porque lo vivo.
Tengo dos trabajos, uno de ellos de oficina. Soy mamá, ama de casa y además dirijo un equipo. Como muchas mujeres, termino una jornada y comienzo otra.
Llego a casa, dejo atrás el trabajo y entro de lleno en mi papel de mamá.
Pero un día me encontré haciéndome una pregunta muy simple.
Si a mi hija le preparo huevos porque quiero que coma algo saludable, ¿por qué yo me conformaría con un pan solamente porque es más rápido?
Y ahí entendí algo importante.
Muchas veces el tiempo sí existe. Lo que pasa es que creemos que solo merece ser invertido en los demás.
Poco a poco he ido aprendiendo a encontrar pequeños espacios para mí. Mientras mi hija juega sola un rato, aprovecho para hacer mi skincare. Cuando se duerme, intento leer aunque sean cinco minutos. No siempre lo logro, pero cuando lo hago siento que sumé algo a mi día.
Porque el querer tiene una característica muy interesante: busca caminos. Y cuando no los encuentra, los crea.
Con el dinero me sucede algo parecido.
Claro que podría resolver con cualquier cosa o elegir la opción más cómoda, pero muchas veces prefiero comprar huevos, frutas o algo que me aporte más para mi desayuno antes que gastarlo en comida chatarra.
No porque sea perfecta. Simplemente porque estoy intentando cuidarme un poco más. Ahora bien, también existe el otro lado de la historia.
¿Qué pasa cuando sí tenemos tiempo o dinero, pero todavía no entendemos el valor de esos pequeños hábitos?
Pienso en muchas personas que podrían dedicar tiempo a cuidarse, aprender algo nuevo o simplemente conocerse mejor, pero no lo hacen porque nunca han visto la importancia de hacerlo. A veces no es falta de recursos, sino falta de conciencia sobre el impacto que tienen esas pequeñas decisiones que repetimos todos los días.
Y no, no creo que una persona valga más que otra por sus hábitos. Pero sí creo que detenernos a observarnos puede cambiar muchas cosas. Cuando entendemos por qué hacemos lo que hacemos, también empezamos a entender qué necesitamos cambiar.
Por eso me gusta tanto volver a estos pequeños momentos. A veces es una ensalada, otras veces es terminar unas páginas de un libro o tomarme diez minutos para mí. No son grandes logros, pero me recuerdan que sigo presente en mi propia vida.
Quizás mañana vuelva a comer papas fritas o deje una rutina a medias. Pero siempre vuelvo a intentarlo, porque ya conozco la diferencia que hace prestarme atención.
Y creo que de eso se trata. No de hacerlo perfecto, sino de seguir regresando a uno mismo.
Fue simplemente algo que pensé y quise compartir.
Hoy me despido con una frase que encontré y me gustó muchísimo:
"Me voy con la satisfacción de haber cumplido. Si la vida fuera un aula, espero haber sido un maestro decente."
— Rubén Aguirre, Profesor Jirafales.



Comentarios
Publicar un comentario